jueves, 9 de marzo de 2017

II domingo de Cuaresma

II DOMINGO DE CUARESMA
I clase, morado
Sin Gloria. Tracto. Credo. Prefacio de Cuaresma

Háblanos hoy el Breviario del patriarca Jacob, modelo que es de entera confianza en Dios, aun en medio de los mayores contratiempos.
Jacob, por la bendición de su padre Isaac, fue constituido como heredero de las divinas promesas hechas antes a Set, a Noé, a Abrahán y a Isaac, las cuales sólo tuvieron cabal cumplimiento en Jesucristo.
Toda la vida de Jacob es figurativa de Cristo y de su Iglesia en el misterio pascual. Dice S. Agustín Que el hecho de la bendición Que Isaac concedió a Jacob tenia un sentido simbó lico, por cuanto las pieles del cabrito representaban los pecados, y Jacob revestido de esas mismas pieles era imagen de Aquél que, no teniendo pecados propios, cargó con los ajenos. (Mait.). Simbolismo Que todavía recuerda el Pontifical romano al obispo, cuando se pone los guantes para celebrar misa.
Jacob fué el suplantador de su hermano Esaú, pues le ganó su derecho de primogenitura. Jesús, a su vez, suplantó al demonio, príncipe como se llamaba de este mundo, arrebatándole su presa con un arte y astucia divinas: ars ut artemfalleret.
Jacob en su lucha con el Ángel salió al fin vencedor, y desde entonces le mandó Dios Que se llamase Israel, o sea, fuerte contra Dios. Pero más fuerte aún fue Cristo Jesús. el cual, con los dolores y luchas a brazo partido con el ángel malo, lo venció y, lo que es más, logró desarmar a Dios mismo, atándole las manos de su justicia para que no descargase sobre la tierra culpable los golpes merecidos de su ira.
Además, Jesucristo es nuestro hermano mayor y nuestro capitán. Debemos escuchar sus palabras, porque Él nos ha elegido para ser su propio pueblo.  Claramente nos inculca todo esto la Epístola de hoy.
Jesús se aplica también a si mismo la aparición de la escala de Jacob, para demostrar que en medio de las persecuciones se ve continuamente protegido por la divinidad y por los Ángeles (Juan 1, 51). Dice también S. Hipólito que "así como Esaú urdía la muerte de su hermano, así el pueblo judío tramó la muerte de Cristo y de su Iglesia. Jacob hubo de huir muy lejos; y Cristo a su vez, rechazado por la incredulidad de los suyos, hubo de fugarse a Galilea, en donde le fue dada por esposa la Iglesia, proveniente de raza gentílica". Mas al fin de los tiempos estos dos pueblos, judío y gentil, llegarán a reconciliarse. También el Evangelio de hoy tiene un precursor en la visión de Jacob.
Él vio la gloria de Dios, y también los Apóstoles la vieron en la Transfiguración, y más tarde cuando se les apareció inundado en divinales efluvios después de resucitado.
Hagámonos dignos de contemplarle cuando la Iglesia y su liturgia nos le presenten radiante de gloria el santo día de Pascua, preludio de la Pascua eterna y de la visión beatifica que no tendrá fin, y que colmará plenamente las ansias más hondas y más nobles de nuestro ser.

Para conseguir la victoria de nuestros enemigos espirituales nos propone el Introito una ilimitada confianza en la misericordia de Dios, invocándole con todo nuestro corazón. Esta confianza nos ayudará en gran manera a obtener los dos bienes más necesarios en la Cuaresma: la remisión de nuestros pecados, y el auxilio divino para no volver a cometerlos. En la Colecta rogamos a Dios por nuestras necesidades del alma y del cuerpo. Si nuestras súplicas son humildes y sinceras, que el Señor nos concederá ciertamente el remedio de todos nuestros males. Él velará por todas nuestras necesidades del cuerpo, y defenderá nuestra alma de las sugestiones del enemigo, que tan sólo procura nuestra eterna perdición. El Apóstol insiste en la Epístola recomendándonos la santidad de vida que debe resplandecer en todo cristiano, y la Iglesia, proponiéndonos sus palabras, nos advierte la necesidad de aprovechar el tiempo para restaurar en nosotros la imagen de Dios. El cristiano es un vaso de honor preparado y embellecido por la mano del Altísimo; nosotros debemos procurar con todas nuestras fuerzas preservarnos de toda ignominia, de toda degradación, que nos harías dignos de ser apartados muy lejos del Señor. Para purificar nuestras almas durante el  tiempo santo de Cuaresma, sirvámonos de la confesión de nuestras faltas, de la compunción del corazón; y para rehabilitar nuestro cuerpo, nos ayudará muchísimo la santa penitencia, la mortificación cristiana. En la Transfiguración del Señor, que recuerda el Evangelio, podemos admirar la sapientísima providencia de Dios. Quiso que fueran testigos de aquel admirable prodigio los mismos que habían de presenciar la ignominia de su pasión, para que el recuerdo de la gloria de Cristo les confortara y sostuviera. Este mismo efecto debe producir en nosotros la consideración de la gloria que Dios tiene preparada para cuantos le sirven como fidelidad, debe esforzarnos aún en las mayores dificultades, sabiendo que nada significan todas las aflicciones de la presente vida, en comparación de aquel premio de la gloria que el Señor tiene preparado para cuantos de veras le aman. 
TEXTOS DE LA MISA
Introito. Salm. 24,6,3,22,1-2.- Acuérdate, Señor, de tus bondades, y de tus eternas misericordias. Nunca nos dominen nuestros enemigos. Dios de Israel, líbranos de todas nuestras angustias. Salmo.- A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti busco refugio, no me sienta avergonzado. V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Colecta.-  Oh Dios!, que nos ves privados de toda virtud, guárdanos interior y exteriormente, para que seamos fortalecidos contra toda ad­versidad en el cuerpo, y limpios de malos pensamientos en el alma. Por nuestro Señor.
Epístola. 1 Tes. 4.1-7.-  No nos ha llamado Dios a la impureza, sino a la santidad, en Jesucristo nuestro Señor.” El recuerdo de nuestro sublime destino nos hace comprender mejor las exigencias de nuestra vocación de cristianos. Hermanos: Os rogamos y exhortamos en nuestro Señor Jesucristo, que, así como habéis aprendido de nosotros de qué manera debéis portaros y agradar a Dios, así también sigáis adelantando. Ya sabéis qué preceptos os he dado en nombre de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación: que os abstengáis de la fornicación, y que sepa cada uno de vosotros poseer su propio cuerpo en santificación y honor, sin dejarse llevar por la pasión de la concupiscencia, como los gentiles, que no conocen a Dios. Que nadie, en este punto, engañe o perjudique a su hermano; porque el Señor castiga todo ello, como ya os lo hemos dicho y protestado. Porque no nos llamó Dios a la inmundicia, sino a la santidad, en Jesucristo Señor nuestro.
Gradual. Salm.24.17-18.-  Alíviame las angustias de mi corazón; líbrame, Señor, de mis calamidades. Mira mi miseria y mi dolor y perdona todos mis pecados.
Tracto. Salm.105,1-4.- Alabad Señor, porque es bueno y eterna su misericordia. ¿Quién   pregonará   las maravillas del, Señor y hará oír todas sus alabanzas? Bienaventu­rados los que observan la Ley y practican la justicia en todo tiempo. Acuérdate de nosotros, Señor, por el amor que tienes a tu pueblo; ven en nuestro auxilio.
Evangelio. Mat.17.1-9.- Cuando veamos a Cristo en las humillaciones de su pasión, recordemos las grandezas de su transfiguración. Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas (todo el Antiguo Testamento), y la voz de Padre, dan hoy testimonio de su misión. En aquel tiempo: Tomó Jesús consigo a Pedro y a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte a un monte alto. Y se transfiguró en su presencia; su rostro resplandecía como el sol, sus vestidos se hicieron blancos como la nieve. Y en esto se aparecieron Moisés y Elías y hablaban con él. Tomó entonces Pedro la palabra y dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí; si quieres, hagamos aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaba Pedro aún hablando cuando vino una nube resplandeciente y los cubrió y una voz dijo desde la nube: Éste es mi Hijo muy amado, en quien me agradé; escuchadle. Y al oír esta voz cayeron los discípulos en tierra sobre su rostro, y tuvieron gran miedo. Mas Jesús se acercó y los tocó, y les dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos sus ojos, no vieron a nadie, sino sólo a Jesús. Y al bajar del monte, les mandó Jesús diciendo: No digáis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.
Ofertorio. Salm. 118,47-48.-  Yo pongo mis delicias en tus mandatos, que mucho amo. Alzo mis manos hacia ellos; los amo.
Secreta.-  Te rogamos. Señor, atiendas propicio al sacrificio presente, a fin de que nos aproveche para nuestra devoción y salvación. Por nuestro Señor.
Prefacio de Cuaresma.-  En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que, por el ayuno corporal, domas nuestras pasiones, elevas la mente, nos das la virtud y el premio, por Jesucristo nuestro Señor, por quien alaban los Ángeles a tu majestad, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades y la celebran con igual júbilo los Cielos, las Virtudes de los cielos y los bienaventurados Serafines. Te rogamos que con sus voces admitas también las de los que te decimos, con humilde confesión.
Comunión. Salm. 5.2-4.-  Escucha mi clamor, presta oídos a la voz de mi oración, Rey mío y Dios mío, porque a ti, Señor, te invoco.
Poscomunión.- Te rogamos humildemente, Dios, que, nos alimentas con tus sacramentos, nos concedas servirte dignamente con una vida de tu agrado, Por nuestro Señor.